Este texto de Julian Barnes que aparece al principio de “El ruido del tiempo” (2016) está protagonizado por un mendigo, con las piernas amputadas, en una especie de carrito, deambulando por una estación de trenes. Es un mutilado de guerra y pide limosna y vodka.
El personaje “representa las consecuencias brutales de la guerra, la
fragmentación del ser y la vulnerabilidad absoluta frente al Poder dominante;
un ejemplo físico y directo de lo que los conflictos bélicos y el totalitarismo
le hacen al ser humano: lo cortan por la mitad literalmente. El mendigo
encarna a la población anónima, desamparada y superviviente que habita en las
profundidades del país. Mientras las élites políticas imponen su doctrina desde
los palcos y despachos de Moscú, este personaje sobrevive al ras del suelo. Se
le describe frotado con ajos para repeler las enfermedades, lo que simboliza la
pura supervivencia biológica y primitiva frente a la hostilidad de su
entorno”. La novela de Barnes versa sobre la feroz represión política de Stalin
sobre intelectuales rusos como Shostakóvich.
Y de algún modo, todos somos ese mendigo mutilado, que pide limosna, desamparado, en una horrenda estación de trenes, completamente inerme ante colosales poderes que le han reducido a una situación de extrema pobreza -derivada de las guerras- y de total desvalimiento. ¿O no sabemos, perfectamente, todos y todas, lo que tenemos encima y lo cerca que están nuestros cuerpos del cuerpo de ese mutilado de guerra que pide vodka y limosna en una estación: https://wmo.int/es/news/media-centre/el-clima-del-planeta-esta-cada-vez-mas-descompensado y https://www.politicanoviolenta.org/a-85-segundos-del-desastre-nuclear/?.
<<Sucedió
en medio de la guerra, en un andén tan plano y polvoriento como la interminable
llanura que lo circundaba. El tren parado había salido dos días antes de Moscú,
rumbo al este; le quedaban dos o tres más de trayecto, dependiendo del carbón y
de los movimientos de tropas. Era poco después del amanecer, pero el hombre –en
realidad, sólo un semihombre– ya se estaba impulsando hacia los vagones de
asientos más cómodos en un carrito bajo con ruedas de madera. La única manera
de dirigirlo era tirar del borde frontal del artilugio, y para impedir que
volcara, el hombre llevaba, atada con un lazo a la pretina de sus pantalones,
una cuerda que pasaba por debajo del carrito. Tiras de tela ennegrecidas le
envolvían las manos y tenía la piel curtida de mendigar por las calles y las
estaciones.
Su
padre había sido un superviviente de la guerra anterior. Bendecido por el cura
del pueblo, se había ido a luchar por la patria y el zar. Para cuando volvió,
el cura y el zar ya no estaban, y la patria ya no era la misma. Su mujer había
gritado al ver lo que la guerra había hecho con su marido. Ahora había otra
guerra y había vuelto el mismo invasor que antes, con la salvedad de que los
nombres habían cambiado: los nombres en los dos bandos. Pero no había cambiado
nada más: los cañones seguían despedazando a jóvenes, a trozos a los que luego
unos cirujanos cortaban toscamente. A él mismo le habían amputado las piernas
en un hospital de campaña instalado entre árboles partidos. Todo era por una
gran causa, como la vez anterior. A él le importaba una mierda. Que los demás
discutieran al respecto; su única preocupación era llegar al final de cada día.
Se había convertido en un técnico de la supervivencia. Por debajo de cierto
punto, era lo que todos los hombres llegaban a ser: técnicos de la
supervivencia.
Unos
pocos pasajeros se habían apeado para respirar el aire polvoriento; otros se
asomaban a las ventanillas de los vagones. Cuando el mendigo se acercaba,
empezaba a cantar a grito pelado una canción indecente típica de los
barracones. Algunos pasajeros le tiraban uno o dos kopeks por entretenerles;
otros le pagaban para que se fuera. Algunos le lanzaban adrede unas monedas que
aterrizaban de canto y se alejaban rodando, y se reían cuando él las perseguía,
luchando con los puños contra el andén de cemento. Esto instaba a otros, por
piedad o por vergüenza, a darle dinero directamente en la mano. Él sólo veía dedos,
monedas y mangas de abrigos, y era impermeable al insulto. Éste era el que bebía.
Los
dos hombres que viajaban en los compartimentos más confortables miraban por la
ventanilla, tratando de averiguar dónde estaban y cuánto tiempo seguirían
parados: minutos, horas, quizá todo el día. Nadie les informaba, y ellos sabían
que era mejor no preguntar. Si indagabas sobre el movimiento de los trenes –aunque
viajaras en uno de ellos– podían tomarte por un saboteador. Los hombres eran treintañeros,
lo bastante mayores para haber aprendido esta lección. El que escuchaba era un
individuo delgado y nervioso, con gafas; alrededor del cuello y las muñecas
llevaba amuletos de ajo. La historia ha olvidado el nombre de su compañero de
viaje, aunque era el que recordaba.
El
carrito que transportaba al semihombre traqueteaba ahora hacia ellos. Éste
vociferó versos alegres sobre una violación en el campo. El cantante hizo una
pausa y mimó el gesto de comer. En respuesta, el viajero de gafas levantó una
botella de vodka. Era un ademán de cortesía innecesario. ¿Cuándo había
rechazado un vodka un mendigo? Un minuto después, los dos pasajeros se le
unieron en el andén.
Y
de este modo eran tres, el número tradicional de bebedores de vodka. El de
gafas aún sostenía la botella, su compañero tres vasos. Los llenaron más o
menos, y los dos viajeros se inclinaron y pronunciaron el brindis por la salud
de rigor. Cuando entrechocaron los vasos, el nervioso ladeó la cabeza –el
temprano sol de la mañana destelló brevemente en sus lentes– y murmuró un
comentario; su amigo se rió. Después apuraron el vodka de un trago. El mendigo
pidió más, con el vaso en alto. Se lo llenaron, luego le quitaron el vaso y se
subieron al tren. Agradecido por el pelotazo que circulaba por su cuerpo
mutilado, el mendigo avanzó con su carrito hacia el siguiente grupo de
viajeros. Cuando los dos viajeros ya habían vuelto a ocupar sus asientos, el
que escuchaba casi había olvidado lo que había dicho. Pero el que recordaba sólo
acababa de empezar a recordar>>.
Julian Barnes: El ruido del tiempo
(Anagrama, 2016, pp. 11-13)
