Sobre 1955, justo el año en que el alcalde de Cádiz premiaba a Pemán con el título de “hijo predilecto” de la ciudad, se publicó el libro “La mujer a través de la Literatura Universal” (Dux Ediciones, Barcelona, ca. 1955), en cuya introducción el muy retrógrado “poeta alférez” presentaba públicamente un manifiesto machista, homófobo, misógino y antifeminista de lo más virulento y radical.
Las
ideas de Pemán, absolutamente denigratorias de la mujer, son tan tan brutalmente
inhumanas y racistas que, sin duda, merece la pena, también por si sirve para
evitar confusiones interpretativas en los tribunales superiores de justicia, darlas
a conocer al pie de la letra. Pemán piensa, desde un patriarcalismo bestial y
sin ambages, que las mujeres son irracionales, instintivas, incapaces de
pensar, retrasadas mentales, inconscientes, víctima de las pasiones, insustanciales,
incapacitadas para la vida política, primarias, de una raza inferior… En el
último párrafo, cerrando su ignominiosa reflexión, las compara con el comportamiento
reptil de la infantería que se arrastra por el suelo para lograr abatir al
enemigo.
Nos
limitamos, entonces, a transcribir íntegramente aquí este texto de Pemán, lleno
de la violencia machista más cruel, para que los lectores vean el tipo de
persona que, parece ser, va a seguir ostentando el título de “hijo predilecto”
de la ciudad de Cádiz.
Texto (literal) de
Pemán sobre las mujeres:
Difícil es poner orden en el sustancial desorden de un análisis de cualidades femeninas. Toda psicología -y más la de la mujer- es por esencia una nebulosa, y las nebulosas no tienen principio ni fin. Sin embargo, por introducir un nada de método, he creído bueno comenzar por aquella cualidad que mejor expresa lo que supongo es lo más diferencial y característico de la mujer: su grado de colocación en la escala de los seres, más -cercano a lo primario, natural e instintivo. Por eso empiezo a estudiarla -o retratarla-- por esa cualidad que llamo sentido de la realidad o de lo concreto. El mundo de lo real e inmediato es el suyo propio. La mujer es un bello pedazo de Naturaleza admitido, como huésped receloso, en este mundo organizado por los hombres según una filosofía abstracta, que ellas, en el fondo, desprecian de todo corazón. Maravillosas para la vida práctica y real, viven dentro de la política e ideología creadas por los hombres, apenas adaptadas, pero nunca convencidas. Se acomodan a las reglas, leyes y principios del mundo masculino, como se acomodan al frío y al calor: con una defensiva resignación ante lo inevitable. Dicen "hay guerra", '"hay que llevar la derecha", "han tasado la carne", como dicen "hace viento del sur" o "llueve”. Los hombres se entusiasman o se indignan con aquellas cosas, típicamente suyas. Ellas hacen como con las fatalidades del clima: se abrigan o se aligeran de ropa; es decir, se precaven, se defienden.
Mil signos de la vida diaria revelan en la mujer esa primacía de lo real y concreto. Toda ama de casa suele llevar un listín con las direcciones telefónicas de más corriente uso, porque se pierde un poco en el mar alfabético de la lista oficial de teléfonos. Examinar su listín. Buscad, por ejemplo, la "Mercería de Francisco Sánchez. Londres Elegante". A lo mejor no la encontráis ni en la M de "Mercería", ni en la S de "Sánchez", ni en la L de "Londres". Ya habéis casi desistido de encontrarla, cuando, inesperadamente, la halláis en la P: "Pañuelos". Allí es donde ella compra sus pañuelos, y ese dato concreto y vivo ha saltado por encima de toda otra cosa en aquel prontuario íntimo, reflejo de su ser, que es su listín telefónico. Eso es la mujer. En su interno orden alfabético siempre las cosas están por delante de las ideas.
Suelen
tener las mujeres fama de ser poco escrupulosas en materia de ortografía. En
realidad, lo que son, también, es expeditivas y realistas. Tienden a la
ortografía fonética: a escribir como se pronuncia. Si un día la Gramática se
decidiera a admitir esta forma de ortografía, las mujeres resultarían unas
geniales precursoras. Eliminan embarazos y residuos etimológicos como apartan las
sillas que estorban, en sus correrías por la casa, poniendo orden y limpieza.
Suprimen las "haches" como suprimirían; por su gusto, las guerras o
las contribuciones, complicaciones masculinas. Tienden a unificar las "ves"
y las "bes" como unificarían, si pudieran, los partidos y los bandos.
La sintaxis, lo mismo; toda ella revela sus urgencias realistas y sus centelleos instintivos. Santa Teresa se va del tema central por cada inciso que le sale al encuentro; como una buena ama de casa que va a la cocina, se demora al paso, para enderezar un cuadro torcido. Por eso suelen ser las mujeres tan excelentes en el abandonado y libre estilo epistolar: porque los hombres expresan mejor las ideas, pero las mujeres dicen mejor "las cosas". Hasta las más cultivadas, como madame de Sevigné, tienen su mayor encanto en el simple desorden con que su prosa se acomoda al brillante desorden de la vida.
Por eso casi siempre la conducta de las mujeres está ligada a motivos concretos que sustituyen para ellas toda una filosofía. Es casi imposible hacerlas generalizar más allá de esos motivos. Si una mujer ha hablado en alto en el teatro, durante la representación, con una amiga, al llegar a casa es reprendida por su marido, y la "bronca" se prolonga, a lo mejor, durante horas y horas porque no advierten que están discutiendo dos temas totalmente dispares. El marido argumentará todo el tiempo sobre la tesis genérica de que no se debe hablar en alto en el teatro. La mujer replicará todo el tiempo sobre el hecho concreto por qué tuvo ella que hablar en alto, en aquel momento, a su amiga.
El decálogo de la mujer, por eso, suele estar bastante reducido a los pecados concretos y bien exactos: robar, matar o faltar al sexto mandamiento. Los pecados más imprecisos y nebulosos de la envidia, la soberbia o la maledicencia les cuesta trabajo captarlos. Esos discursos interminables de las mujeres en el confesonario están muchas veces explicados por eso. No están confesándose: están tratando de entenderse a sí mismas, por dentro, sobre esos pecados indefinidos e intencionales.
De todo esto proviene el que las mujeres no entiendan ni respeten la mitad de las complicaciones ideológicas con que los hombres tienen construída la vida. El concepto masculino del "honor" o de la "responsabilidad' pública y política suele ser un enigma para la mujer. Cuando ella logra un pedacito de mundo al margen de los hombres, se expresa y se conduce, por completo, sin volverse a acordar de esos principios, para ella artificiales. Así, por ejemplo, cuando dialoga en una tienda con un hortera para comprarse unos guantes. El hortera lo sabe perfectamente y se coloca en un terreno femenino, más allá de toda regla de honor o corrección comercial. Mutuamente se engañan, se insultan y se defienden. La dulce esgrima del "regateo" se hace adoptando una serie de posiciones definitivas - "no puedo llegar más que a tanto"- que a los pocos segundos son rectificadas sin rubor. La compradora llama al hortera ladrón y embustero con la más dulce y amistosa irresponsabilidad. El diálogo entre vendedor y compradora en cualquier transacción mercantil, trasladado a dos hombres, daría lugar a un duelo inmediato, o por lo menos a un acta con explicaciones y distingos.
Por eso es, a veces, delicadísima la interposición de las mujeres en la vida pública de sus maridos. El mismo Jesús tiene varias veces en el Evangelio frases que parecen casi duras para salvar de su Madre su misión propia: "las cosas de su Padre". La mujer no comprenderá nunca que no pueda hacer el marido ciertas cosas en su cargo público. Todo el mundo jurídico y convencional donde éste se inserta, es poco claro para la mujer. Jamás comprenderá del todo que el automóvil oficial no sirva para llevar a las niñas al Retiro.
Queda después de esto por entender cómo, a pesar de tan concreto realismo, la mujer se entrega a veces tan generosa y abnegadamente a las causas más abstractas e ideológicas. Queda por explicar la mártir, la heroína, la enfermera. La razón de la aparente incongruencia es que ese mundo que llamamos abstracto o ideal forma también parte de la realidad, y cuando en ella se inserta y se legitima, empieza a formar parte apasionadamente del orbe femenino. La República o el laicismo son temas masculinos. Pero cuando el laicismo de la República se decide a quemar las iglesias, pasa a ser de golpe tremendamente femenino. Cuando los ingleses están a las puertas de La Coruña o los franceses a las puertas de Zaragoza, el realismo concreto de la mujer produce a María Pita o Agustina.
Lo mismo ocurre con respecto a la pasión. Hace años se premió en París, en "salón", un grupo escultórico que se llamaba "La pasión". Era un hombre que llevaba a una mujer en los brazos sobre un caballo que galopaba, desbocado, al borde de un abismo. El rostro del hombre denotaba intensa preocupación. La mujer sonreía al viento y al peligro. ¿Cómo ella, tan realista, es la más inconsciente frente a la locura pasional? ... Esto ocurre cuando da el paso fatal de hacer ingresar una pasión en el mundo de su realidad concreta; entonces la pasión empieza a contar con una cosa más, cierta y aceptada, y la mujer aplica todo su realismo a organizarla y defenderla. El sentido realista de la mujer la ha defendido de mil pasiones y ha evitado mil catástrofes. Pero una vez que acepta una, ella es mucho más temible que el hombre en su designio de llevarla hasta el fin. Las heroínas de Lope o Tirso son siempre las que, en último término, llegado el instante de la claudicación pasional, organizan aquellos menudos y concretos planes de escalas, balcones y ventanas, por los que siempre los galanes entran ligeramente preocupados. La mujer, por lo común, a fuerza de sano realismo, organiza maravillosamente su defensa. Pero cuando cae es temible, porque, a fuerza de ese mismo realismo, organiza con igual exactitud su caída.
En definitiva: una de las cualidades más fundamentales de la mujer es su imperioso sentido de lo real y concreto. Se dice que el mundo está "medio loco". Yo creo que podemos decir "medio" gracias a las mujeres, que defienden la otra mitad.
Se
llama a la mujer el "sexo débil". Esa debilidad es la que la lleva a
agarrarse fuertemente a la tierra. Lo cual puede llamarse también fortaleza si
se mira por el otro lado. Cuando la infantería, para tomarle la posición al enemigo,
avanza, arrastrándose, pegada a la tierra, ¿esto es señal de fortaleza o de debilidad?.
