El general Carlos Martínez Campos (1887-1975), fue nada menos que: “Duque de la Torre (III), conde de Llovera (I), teniente general de Artillería, caballero de la Orden de Calatrava, jefe del Estado Mayor del Ejército, profesor de la Escuela Superior del Ejército, gobernador militar del Campo de Gibraltar, capitán general de Canarias, preceptor del príncipe don Juan Carlos de Borbón e historiador militar” (https://historia-hispanica.rah.es/biografias/27980-carlos-martinez-de-campos-y-serrano).
“Al
comenzar la Guerra Civil en julio de 1936, siendo ya teniente coronel, se
alineó con los sublevados en el ejército del Norte, dirigido por el general
Mola. Desde los primeros momentos, incorporado en Pamplona, tomó parte, como
jefe de Estado Mayor de la columna Beorlegui, en las ocupaciones de Oyarzun,
Irún y San Sebastián… Finalizada la Guerra Civil, Martínez de Campos fue
ascendido a general de brigada en 1940, a general de división en 1943 y a
teniente general en 1953” (Id.)
Su muy
marcial y antiliterario discurso de ingreso en la RAE, en enero de 1950, comenzó
con “heroicos” recuerdos de sus acciones militares en el frente de Teruel, y se
tituló “Movilización de la palabra” (https://www.rae.es/sites/default/files/Discurso_de_ingreso_Carlos_Martinez_de_Campos_y_Serrano.pdf).
Y me
ha sorprendido ese discurso por una puesta en escena, o concepción de fondo, de
un ejército que es la aristotélica sustancia misma de la realidad. Quiero
decir, que el general entendía, probablemente, que el pensamiento y la palabra
están bien (Cervantes escritor), pero que la vida es acción, palabra en
movimiento (Cervantes militar)… y que la esencia de esta ecuación es, en su
cogollo, el ejército y la guerra. Por lo que, probablemente para este pensador
militar (valga esta paradójica conjunción), quizás aquello de “y el Verbo se
hizo carne” ha de interpretarse como (permítaseme el siguiente diletantismo filosófico
mío, no del general): “lo que es” sucede gracias a la acción que todo impulso
militar contiene; y entonces, ¿qué es la Realidad?: pues la Realidad es un
resultado de la acción y toda acción es un hecho militar, un impulso viril,
netamente bélico. ¿Estamos?.
En
el discurso “Movilización de la palabra” (un nada sutil guiño para que la RAE
sirva al “Movimiento”), él habla como representante del ejército: “un
sentimiento que es función de vuestra unánime acogida y del hecho de que
ostento la representación del Ejército que, a través de mi palabra, os dice su
contento…” Así que veamos algunas lindezas reflexivas del preceptor (en la
década de los 50) del rey campechano-me-he-equivocado-lo-siento-mucho-no-lo-volveré-a-hacer:
1ª.-Conocedor de la magia de las
antiliterarias palabras “orden” y “obediencia”, toda la sofisticación poética
que le interesa es esta: “el lenguaje del
que manda no debe deslumbrar al que obedece; sólo debe cooperar a la fácil
captación de cada frase o cada idea. Un libro militar es suficientemente
bueno si una leída basta para que el torpe entienda lo que dice… frases firmes
y concisas, sin oraciones cortas y concluyentes…”. La literatura de calidad
solivianta al general: “El niño aprecia torpemente la belleza de una larga
parrafada cervantina, y no pocos, ya mayores, se sienten empachados ante una
página prustiana, maciza e interminable, y sin un punto que limite las ideas”
2ª.-Lo
<<bélico absoluto>> a lo que me refería antes: “Vuestro diccionario
presenta la palabra "movilización" como acción o efecto de movilizar,
y asigna a este vocablo un valor castrense por excelencia. Lo define, en
primer término, diciendo que "movilizar" consiste en poner en
actividad o en movimiento tropas, etc.; mas como no concreta el sentido de
ese "etcétera", resulta ser lo bélico absoluto, o bien
constituir un verdadero símbolo que es aplicable tanto a una fábrica como a un
rebaño o un avispero, dándose origen, de este modo, a un concepto inesperadamente
amplio de la palabra que estudiamos..”
3ª.-Y
vamos a lo que vamos: “Ha de tenerse en cuenta que los libros se
componen de hojas uniformes y que los renglones de sus diferentes páginas son
como hileras sucesivas de una falange destinada a hundir al enemigo:
compactas, paralelas, equidistantes y con sus fichas terminales bien cubiertas.
Ha de saberse, en fin, que la prosa militar es una táctica de frases destinada a
emocionar y a conducir soldados a la guerra … Esta "movilización de
la palabra" está invariablemente destinada a modelar el hecho bélico: prepararlo,
mediante alocuciones y órdenes, y reproducirlo, a base de memorias y
de historia más o menos verdadera”.
4ª.-No
hay nada más literario (según este sincero general) que un grito bélico,
escueto, como “¡Cierra España!”: “Acabo de insinuar que las proclamas se
restringen suavemente. La razón es obvia: en la vieja época romántica, y en la
renacentista que le sigue, las actividades mental y física están frecuentemente
en desacuerdo. El que "saborea los sonidos" —con arreglo a como dice
un comentario sobre Wilde— se envicia en ellos y no sabe dedicarse a otra
materia; y, viceversa, el verdadero militar —un deportista cien por cien— no suele
estar en condiciones de improvisar una oración de gran estilo. Por todo ello,
la sobriedad reemplaza a la elocuencia. Es más, la arenga, a veces, se
reduce a la más mínima expresión: se convierte en grito bélico. El famoso
¡cierra España!”. O sea, la palabra militar como pura antiliteratura:
“conseguir en dos palabras lo mismo que otros han logrado con sus discursos. Ni
un momento disponible”.
y
5ª.-¿La más genuina “movilización de la palabra”?. La propaganda ("mecanización
de la mentira"), contesta Carlos Martínez. Y ojo a la, según el
conspicuo general, acción FLABELIFORME (que tiene forma de abanico) de
la antiliteraria propaganda militar: “En fin, quiero decir algo sobre la más
genuina "movilización de la palabra": la que se hace cuando la imagen
de la guerra se cierne sobre el mundo con la amenaza de sus plagas; la que sólo
se intensifica cuando esa guerra azota, y la que siempre se desarrolla impetuosamente.
Me refiero a la propaganda, que tiene poco de elocuente o literaria y
que, no obstante, guarda estrecha relación con los discursos y los libros que
tienen tales caracteres. La propaganda es un instrumento bélico moderno y de
acción flabeliforme”.
Y no miente el general cuando dice de la propaganda: “Se disfraza, cuando puede, para internarse en tierra extraña: arte, literatura o caridad. Se organiza como es debido; acude a todos lados; pide ayuda y se estructura en forma tal que en apariencia resulta más potente de lo que es en realidad. Sus razones, en efecto, son ficticias… requiere lenguaje simple, conciso y limpio”.
Lo
que enseñó, por tanto, en resumen, el ilustrado general franquista a Juan
Carlos I
fue la antiliteratura y la propaganda, la simplicidad militar-campechana que descubrimos
sintetizada, para qué más, en esta sincera y pedestre frase: “los toques
militares sólo tienen cuatro notas, y el tambor no pasa de una, que, a veces,
hiere el alma”.
